.Elegía a Juana Azurduy


LUIS RICO

Luis Rico


recitado:

La historia que voy a contarles
es parte de nuestra patria
vivida en días de gloria
sangre y batallas.

Pido a los herederos
de esta América liberada
hacer un alto en el camino
junto a la tumba de la coronela
Juana Azurduy de Padilla.

Sentirán al amanecer
la risa alegre de una niña
que ríe, canta y juega
con las mariposas.

Sentirán al mediodía
el galopar de su caballo
que cruza por campos
sembrados de armaduras españolas.

Y cuando la noche
extienda su manto
sentirán que el alma
se les va
dejando un cuerpo solitario.

 

Las pesadas puertas
del convento de Santa Teresa
se abren para dar lugar
al menudo paso
de una muchacha morena,
que tiene los ojos grandes y vivaces.

Quieren hacer de ella
una monja.
Que pequeño se ha vuelto el cielo
entre los muros del convento.

Ni siquiera la gran medalla blanca,
en plenilunio,
se ve aparecer tras la cumbre
del Sica Sica.

Los altos muros
le limitan el horizonte,
la cierran, la aislan del mundo.

Las tardes son largas y perfumadas
por jazmines y nardos.

Esas flores
irán a morir más tarde,
por las manos de Juanita,
a los pies del Cristo,
en el silencio de la capilla.

Pero Juanita no quiere ser monja.

Hay demasiada alegría
en sus ojos reidores
y su mente alocada.

Ella sólo sueña con santos heroicos.

Una tarde,
el confesor del convento
sostiene una larga conferencia
con la priora.

Al día siguiente
Juana deja el convento.

Es un ave libre
que sacude sus alas.

 

cantado:

Como un ave que salta
por los caminos
va cantando en el campo
sus dulces trinos.
Frente a un cielo que cubren
blancas palomas,
quiere volar con ellas,
las altas lomas.

Salta y juega en el aire,
y baja el río.
Acaricia las olas
y vuelve al nido.
Alza vuelo a los montes
hasta las nubes
y en su trino nos trae
nuevos cantares.

 

recitado:

Hay en las calles
de la vieja Charkas,
mucha luz
mucho sol
y un azul y ancho cielo.

El horizonte se abre
como un mágico abanico.

En las noches,
junto a las rejas florecidas,
deliran de amor las serenatas.

La luna de nácar
presta apariencias de leyenda
a los patios olorosos
y anchos de Chipirina.

Juana,
ha entregado su amor
al arrogante Padilla.

Ahí es entonces
cuando la patria pide libertad.

 

cantado:

Juntemos nuestros brazos,
compañera,
tenemos por delante,
la vida entera.
El cielo está cubierto
de nubes negras
abramos con la espada
las sendas nuevas.

Juntemos nuestros brazos,
compañera.

Y están los chapetones
en las montañas
y vienen a quitarnos
tierras sembradas.
Por eso, compañera,
junto a mi espada,
quiero verte en la lucha
mi bien amada.

Juntemos nuestros brazos,
compañera.
Juntemos nuestros brazos,
compañera.



Juana Azurduy


recitado:

Juana y Manuel
se enrolan en las filas
de los luchadores.

Su presencia es señal de combate.

Ellos cubren retiradas
y empapan los triunfos.

Un día están escondidos
entre las fragosidades
de las sierras.
Otro día,
sembrando espanto
entre los enemigos.

Como símbolo de libertad
en la batalla,
doña Juana entrega a su compañero
un robusto niño,
fruto de su amor,
y la bandera
de fiero enemigo.

Cañoto y Wallparrimachi
cantan su gloria.

Más tarde,
a la derrota de la batalla del Villar,
se le une un dolor supremo
de ver la cabeza de Padilla,
clavada en la punta de una lanza,
con la mirada inexpresiva.

Pero el dolor
acicatea su arrojo,
y aporta con su brazo férreo,
en las huestes argentinas de Güemes.

Aguilera,
el vencedor de Padilla,
pone precio a la cabeza
de Juana Azurduy.
Y aún así,
sigue el camino
de la lucha por la patria
en busca de su preciada libertad.

Y los enemigos,
son al fin vencidos.

 

cantado:

Juana Azurduy de Padilla
cruza a caballo la historia,
sembrando el alto sendero
de armaduras españolas.

Con los cabellos al viento
como bandera de patria
rompe horizontes de espadas
Juana la libertadora,
rompe horizontes de espadas
Juana la libertadora.

Ay, soldaditos de plomo
mandados por la Corona,
todos cayeron rodando
al paso de la amazona.

Y en la cumbre del coraje,
donde destella la gloria,
Juana de arcos se inclina
y abraza su hermana criolla.
Juana de arcos se inclina
y abraza su hermana criolla.

 

recitado:

Ya los chapetones
dejaron la tierra americana.
Y hay días de gloria
para los defensores de la patria.

Doña Juana,
es Teniente Coronela
del ejército argentino.

El mariscal Sucre
le da una pensión
que nunca le pagan.

Más tarde sobre ella
cae el velo del olvido:
pesado como una losa.

Se acabaron las glorias de antaño.
Sólo queda la monotonía
de los largos días
de soledad y miseria.

Un veinticinco de mayo,
anciana,
ha muerto doña Juana,
mientras las campanas
repican a Gloria.

Nadie en su entierro.
Y en la noche,
sólo un piadoso rayo de luna,
besa la tumba fresca
de Juana la heroica.

 

cantado:

Juntemos nuestros brazos,
compañera,
tenemos por delante,
la vida entera.
El cielo está cubierto
de nubes negras
abramos con la espada
las sendas nuevas.

Juntemos nuestros brazos,
compañera.

Y están los chapetones
en las montañas
y vienen a quitarnos
tierras sembradas.
Por eso, compañera,
junto a mi espada,
quiero verte en la lucha
mi bien amada.

Juntemos nuestros brazos,
compañera.
Juntemos nuestros brazos,
compañera.




Elegía a Juana Azurduy

Luís Rico - Bolivia


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